23 de abril de 2017

Apreciado comandante

(Carta blanca)
USTED no me recordará, pero le debo una de las mayores alegrías de mi vida. Pocos habrán sido más felices que yo el día que recibí la notificación según la cual, “y conforme al cuadro de inutilidades vigente”, me comunicaba que había sido excluido del servicio militar, declarándome, como entonces se decía, “inútil total”, fórmula esta muy de mi agrado para asuntos castrenses. Con aquel certificado en la mano (que aún conservo por si algún día movilizan mi quinta), cuántas cabriolas no daría, qué temerarias gambetas. De haber tenido valor entoces habría corrido a ponerme a las órdenes de usted. Lo hago con más de cuarenta años de retraso y bien que lo siento, porque tampoco sé si todavía vive. La búsqueda por internet me ha llevado a un “Boletín Oficial del Estado de 3 de noviembre de 1938”. Allí aparece su nombre, entre otros, “promovido al empleo de sargento provisional”. Cuando su vida y la mía se cruzaron aquella mañana de julio, yo acababa de cumplir veinte años, usted andaría, supongo, por los sesenta y a mí me habían citado en el Hospital Militar de Valladolid. Las probabilidades de que mis dioptrías pudieran burlar al tribunal médico eran nulas (yo en aquel tiempo veía moscas en el horizonte). Viajé desde León en el primer tren y fui leyendo Conversación en La Catedral. Me pasaron a su consulta y empezó usted a meter y sacar cristalitos en una de esas lunetas de hierro que usan los ópticos. Entonces reparó en el libro, y me preguntó por él, por su autor, por el famoso boom… Yo iba hablando y usted me oía en silencio, sólo preguntaba “¿mejor? ¿peor?”, con cada nueva lente. Me dejó parlotear cinco o diez minutos. Pasamos a su despacho y, sin despegar los labios, garabateó algo en una libreta. Al terminar, levantó los ojos, se me quedó mirando unos segundos, y me dijo: “Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, estudiar, leer  muchos libros y contárnoslos luego. Hala, vete.”. Salí de allí y nunca más volví a verle ni a saber de usted. Ah, si viviera. A las tres o cuatro semanas recibí ese papel para mí más poético que las Églogas de Garcilaso, soldado ilustre. Hace un mes pude al fin contar a Mario Vargas Llosa aquel hecho en verdad prodigioso que da sopas con honda a todo el realismo mágico, y le agradecí que hubiera escrito una novela tan formidable como providencial. Hoy se lo agradezco a usted. Los libros me han traído a cierto Comisionado de la Memoria Histórica, que anda estos días quitándole la calle a algunos generales, conmilitones suyos. Quiero que sepa que si de mí dependiera, una de ellas llevaría hoy el mombre de Comandante Darío Valcuende Torices, el buen samaritano. Y no digo más. Suyo afecto, Andrés García Trapiello, recluta del reemplazo de 1973, cuando Franco.

       [Publicado en El País Semanal el 23 de abril de 2017]

PD. Alguien colgó hoy mismo en el AT de Fbook este comentario: "Qué maravilloso desayuno este Domingo. Estoy en , Cali, Colombia, me llega su columna " Apreciado comandante" vía Wassap con el texto " mirad qué bonito recuerdo" y mientras unto las tostadas comienzo a leer. Casi desde el principio empiezo a notar un nudo en el estómago, emoción que va subiendo hacia la garganta y termina en una llorera atiborrada de preciosos recuerdos cuando leo el nombre de su "Apreciado comandante" y constató lo que imaginaba desde el principio; su apreciado comandante es mi querido abuelo, un gran tipo, afable, divertido y buena gente, al que recuerdo siempre haciendo algo, que si en la huerta, que si en los chopos, que si podando, que si haciendo alguna chapucilla en la casa, preparando la paella de los domingos para toda la familia con un porrón de vino con gaseosa al lado, recibiendo a todo el que pasaba por allí con una enorme sonrisa, durmiendo la siesta en una hamaca colgada entre dos manzanos y yendo a tomar el vinín los domingos de verano después de la misa en el pueblo hecho un pincel de traje blanco o guayabera.
Todo esto me he desayunado hoy gracias a usted.
Muchas gracias,
Olga Sánchez Valcuende".






18 comentarios:

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    1. Dice usted unas cositas, don Silvio...
      No estaría mejor en el blog de Marca?

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  2. Se prepara uno para una semana de trabajo más y se encuentra con esta maravillosa entrada. De seguro que será una semana buena.
    Gracias, don Andrés, por haber compartido esta bonita historia.
    Un saludo,
    Enric

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  3. Insólito caso de sensibilidad castrense. Yo en cambio tuve mucha menos suerte y estuve a punto de ser enviado a galeras por agotar las "prólogas".

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  4. Literariamente hermoso, moralmente bastante mezquino. Otros más necesarios en su casa, otros con más dioptrías y menos labia o menos enchufe partieron hacia Melilla, hacia los páramos burgaleses o a tiritar al Pirineo, donde entregaron un año o dos de su arrastrada vida. Son injusticias que marcan y que determinan para los restos.

    Se puede ser belicoso fácilmente de esta manera, o sea por delegación. Partirse la cara por la causa que sea, cuando se sabe que no se la van a partir a uno, que estará en un butacón leyendo, sino que se la van a partir al tonto del pueblo que no tenía amistades, ni luces, ni lecturas, ni dinero, porque era de familia de clase baja.

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    1. Manuel Cañedo Gago24 de abril de 2017, 18:22

      Le recomiendo que abra una clínica virtual de optometría, con su correspondiente cámara de vídeo conectada a Internet, por lo bien que se le da medir dioptrías a ojo de buen cubero.

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    2. Igual que opino que no le falta a usted razón, acepte conmigo que librarse de la mili utilizando cualquier estrategia despertó en general más enhorabuenas que críticas. ¿O es que usted la hizo para no faltar a sus principios éticos de solidaridad?

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    3. Estas cosas que usted escribe, con ganas de pendencia, no deberían ensuciar unas líneas tan... bonitas como las que ha escrito AT.

      Si a usted la mili le fastidió "para los restos", vaya a quejarse al maestro armero. Pero no pintarrajee aquí cochinadas, como si estuviera usted en el wáter de una estación de tren

      David Fdez.

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  5. ¿Nadie corrige el título?

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  6. Bonita anécdota, con esa prosa temperamental y divertida que le caracteriza. Le leo mucho y disfruto en Clarín.

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  7. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  8. Algún día todos los médicos serán como Valcuende y declararán inútil total (para la guerra) a cada ser humano, y no por miopía ni por malformación ni por debilidad sino porque adiestrar para matar a otros es dilapidar el cerebro y enejenarlo. "Je ne suis pas sur terre pour tuer de pauvre gens", cantaba hace tantos años el gran Serge Reggiani.

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    1. Cualquiera se atreve a hacerle una mínima objeción a esta buena señora. Sale en defensa su guardaespaldos\as y le sacude a uno con saña.
      La pasará a ella algo y será esa la explicación? Ni que hubiera nacido en Ibahernando del camino o Manzaneda de Torio.

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  9. Opino que frente al largo secuestro legalizado que era el mal llamado "servicio militar" (*), a cada potencial secuestrado le asistía el derecho (mejor: la obligación) de resistirse por todos los medios pacíficos, y aquí cabe toda clase de escaqueos, añagazas, huidas y pretextos.

    Naturalmente, los medios de evasión estaban en función de las habilidades y de la astucia de cada cual, que son muy diferentes. Como nos enseñó un gran maestro, "la justicia es una aspiración, pero no es parte del mobiliario del mundo". Veremos montañas, casas, árboles. Pero no veremos justicia. Así que unos declinaban el dudoso honor con más éxito que otros.

    (*) Digo "mal llamado" porque de arte militar se aprendía poco, sino que sobre todo se instruía en desfilar y encajar vejaciones, cuando no se acababa de asistente o recadero en casa del coronel. Así me lo han contado, ya que yo también me las arreglé, también hice mi pirueta, como el anfitrión, para quedar exento.

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  10. Se ve que no se explica uno bien. A ver: le llaman a uno a filas, pide una revisión de la vista, sin esperanza de librarse de la mili, el médico militar lo examina y le encuentra hábil para el servicio… pero decide por su cuenta y riesgo eximirle a uno de esa carga, sin que nadie le coaccione, sin mediar enchufes, sin engaños… Yo encuentro esto bastante sencillo de entender. Y si no quería ir a la mili es también muy razonable: para no encontrarse a pelmas como ese Miguel Almansa.

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    1. Sr Andrés Trapiello:

      No ha sido el "pelmazo" de Almansa, o sea, servidor, el que ha atribuido su exención al libro Conversaciones en la Catedral, sino usted mismo, o sea que parece que fue su labia, o su cautivador modo de contar el libro de VLlosa el que determinó su exención, y el médico no la hizo "por su cuenta y riesgo". Quizás sólo por su riesgo, mientras que la "cuenta" (de contar o relatar) la puso usted y gracias a ella se libró.

      No era mi intención criticar su caso particular, sino denunciar el modo como se ha venido haciendo en España la compra de exenciones de la actividad más o menos guerrera, lo que es bien sabido, y más por usted como cervantista.

      Algo más personal sí que es el hecho de que, habiéndose librado de aquello, suela usted mostrarse algo demasiado belicista y belicoso en ciertos asuntos.

      En cualquier caso, le pido disculpas si le he causado molestia o malestar en algún grado, por ligero que sea. De veras que lo siento.

      Al Anónimo David Fz le puntualizo que no es mi costumbre pintarrajear cochinadas en los váteres de las estaciones, o sea, que mejor no generalice lo que haya visto, o frecuentado.

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    2. No, quien me libró de la mili fueron el comandante, primero, el libro de VLlosa luego y mi cháchara muy en tercer lugar. Podía haber empleado yo la parola mil y una noches, como Sherezade, que como el comandante sultán hubiera estado de nones, yo habría servido a Franco como estaba mandado. A seguir bien.

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    3. Sr. Almansa, yo frecuento los wáteres de las estaciones tanto como usted al tonto del pueblo. Y no soy "anónimo", me llamo David Fernández. La comprensión lectora no parece lo suyo, pero por mí la cosa queda ya cerrada. Hay que dejar a otros que sean los cansinos

      David Fdez.

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